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 En el barrio de Boavista, en Oporto, las villas y palacetes de finales del siglo XIX y principios de XX crean una deliciosa atmósfera de tufillo británico, en el que las construcciones y las plantas se encuentran en precioso equilibrio. Una de estas propiedades, la Casa Serralves, fue construida en la década de 1930 por Conde de Vizela quién acudió al arquitecto y también noble Marqués da Silva para diseñar el edificio. Patrick Bowe comenta con gran acierto que la casa parece “un aparato de radio de madera curvada y baquelita de los años treinta” (…)
 Nos encontramos ante uno de los pocos conjuntos edificio-jardín de estilo Art Déco del mundo, y en el que el peso del paisajismo, su trazado, detalle de materiales, simbolismo y hasta descendencia francesa, lo convierten en un espacio de altísimo valor. Desde hace algunos años la propiedad es sede del primer museo portugués de arte contemporáneo, con un soberbio edificio de Álvaro Siza como contenedor expositivo, aunque muchas muestras son trasladadas a los viejos jardines, aliciente de más para su visita repetida.
 
 

Así describen en una publicación sobre paisajismo (nº162 de la revista Bricojardinería y Paisajismo) la finca en la que se encuentra la Fundación Serralves, en Oporto. Este Centro de Arte Contemporaneo incluye un Auditorio y una creciente Biblioteca con cientos de catálogos de artistas y arquitectos de nuestro tiempo. 

 
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   La imagen arriba son fotografías de Elvira F. I sobre la obra de:
Robert Morris (exposición Filmes e vídeos / Corpoespaço movimento coisas)
El video tiene su pequeña ficha técnica en la descripción de youtube
 
 
 
 

Agarro la mochila como excusa rápida, me despido muy torpe y no consigo terminar las frases, pero no me importa por que solo quiero irme, bajar las escaleras de caracol los cuatro pisos, dejar un corazón en uno de los tramos que ya están mas que sucios de los niños, o quien sabe, antiguos inquilinos. Subo la cuesta interminable, domino el camino y eso no me gusta del todo. Intento perderme, ganar tiempo improvisando alguna calle distinta. No tardo en llegar a una plaza que conozco. Ese absurdo mirador que es un aparcamiento para coches. Una vista increíble de la ciudad sobre El Cuerno, que brilla hermosamente cuando es crepúsculo y durante el resto del día se baña de brumas de las que prefiero no saber la procedencia. En todo caso ahora la ciudad ya está oscura y estoy frente al Museo Pera de nuevo; la exposición de Chagall que ya he visitado, una excusa perfecta para alargar el paseo; quiero ver de nuevo el grabado de la mujer sobre el sembrado y las dos figuras pequeñas en la parte más al sur del formato.

Me equivoqué de planta y empecé por la última. Hice fotos de un cartel, de esos que suele haber en las exposiciones, donde se lanza una idea del autor con firma y fecha. Y no es seguro, pero quizás Chaggal se preguntó alguna vez, si no es cierto que el amor inspira el color y la pintura. Habría que contrastar opiniones con algún experto, pero parece cierto que Chaggal amaba y mucho. Que era cariñoso con los matices y los gestos, que le gustaba ordenar un mundo que habla de cosas intimas y pequeñas, como un candelabro que alumbra una mesa para la cena. Ahora pienso en eso pero ese día…vi casualmente  un corazón en la firma de un grabado, separando con gracia y dulzura apellido y nombre. Tuve que estar largo rato mirándolo, pero después alcé la atención a la estampa, que era perfecta, precisa, bellísima. Una clase práctica de aguafuerte. Quizás también un ejemplo de buen dibujo, de buen orden, de valentía en las decisiones.

Todo un enjambre de medios tonos como cama de un retrato de expresión alegre. Luces sacadas a pincel con trazo firme y delicado, exacto en los mechones de pelo y dibujando el gesto de la cara por uno de sus lados. Siempre la misma intensidad de blanco, que maneja y pone orden a la casualidad de los grises. Después descubro la línea de negro profundo que sirve de contorno, que recoge cada frontera del rostro hasta agarrarlo entero. En la oreja las tramas se curvan limpiamente, también en la boca, la línea entera está bailando, aparece en el pelo, donde los ritmos son de una belleza que dan ganas de comerla, de irse corriendo a poner resina en una plancha. Y la línea es gruesa porque no está sola, sino que otras la componen como única en una trama de negro intenso y otra vez preciso, de una sola mordida y un punzón no tan fino como a mí me gusta, y quizás entre diez o trece minutos, depende del ácido y tantas otras cosas.

La línea termina y se pierde en los pliegues de la ropa, curvándose porque no quiere abandonar su fuerza, así que tengo que volver a seguirla, encontrarme otra vez el pelo, las luces que bailan y mirar de lejos. Los vigilantes se asoman de nuevo, quizás para comprobar si sigo en lo mismo. Descanso un rato, miro el retrato que está junto a este, solamente líneas y otra vez Chagall con una expresión como de niño que se retuerce y sonríe. Quizás se ríe de mí, o del cobre y todos los metales, que ha sabido aprender sin ninguna vergüenza, soltando la mano y la idea. Es lindo este Chagall pero quiero el otro, los grises calidos que me recuerdan el taller, la resina Que me refrescan la memoria y las ganas. Siento una flecha dirigiéndose sin rencor a mis carencias, por fin me canso, o me avergüenzo, o una pareja entra y me muevo porque estoy al principio de eso que llaman el orden de visita. Pero ellos tienen más prisa que yo, y pasan de largo tan rápido que siento un poco de rabia, otra vez, por todos esos clavos vacíos en la sala, que no son más que el pretexto para llenar las horas de un paseo, de una cita, de una tarde sin otro plan que un museo. Bajo las escaleras porque es tarde, y quiero ver algo más antes de irme. Así que busco a Bella, que sigue allí con su sembrado de plantas leves y pequeñas, quizás trigo, flores o ambas cosas que se mezclan con la sola excusa de un gris blando que la recoge, pero es ella quien recoge y señala, al hombre y al niño, los dos pequeños y ella enorme.

 
Entre octubre de 2009 y enero de 2010 el Pera Muzesi de Estambul
expuso obra gráfica de Marc Chagall en sus elegantes salas.
Tuve la suerte de poder visitar varias veces el museo y disfrutar de aguafuertes y puntas secas
con una calidad y calidez que me sobrecogieron…
El Chagall pintor/litógrafo, cuyo mundo personalísimo destaca por su uso del color
fué también un grabador en blanco y negro extraordinario.
Si quereis encontrar más imágenes, os aconsejo hacer la busqueda en varios idiomas.
Las imágenes de este post son:
Arriba: fotografía en una exposición de Chagall en Lecce, Italia. Por Elvira Fdez
Abajo: autoretrato al que se refiere el texto. Procedente de aquí.
Pincha en los links naranjas para encontrar algunas otras referencias!!
 
 
 
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